Todas las imágenes son de carácter ilustrativo para un texto con fines educativos, de divulgación, que busca hacerle honor a las misma. No hay intención de violar derechos de propiedad al incluirlas. Arriba: Fotograma de Journal de France (2012).

 

por Diego Pequeño ACC

Dignidad: Cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni degraden.

Un niño de la campiña francesa de los años 50, logra armar su laboratorio fotográfico en la casa de la familia después de terminar un curso de fotografía por correspondencia. Tiempo después, sin saber bien lo que significaba ser un aprendiz de fotografía, se va a París, con 16 años, a encontrar su futuro. Así comienza el viaje de Raymond Depardon hacia la búsqueda de su expresión a través de imágenes.

En poco tiempo pasó de ser un ayudante de fotógrafo a ser uno él mismo. El fotoperiodismo era una actividad apasionante y reconocida en la época. Junto a otros colegas, en 1966 fundó la agencia Gamma, con la que comenzó a recorrer el mundo para mostrar los aspectos más interesantes de la condición humana, entre conflictos armados, crisis sociales y pueblos alejados del mundo occidental.

En uno de esos viajes, Raymond Depardon llegó por primera vez a Chile, atraído por lo que parecía  ser un ejemplo único de una vía exitosa y democrática al socialismo en un país remoto del mundo. Se había cumplido un año del gobierno de la Unidad Popular y las cuentas aún eran alegres. Algo de todo eso se vio después en la primera película de Patricio Guzmán El Primer Año (1972). Lo cierto es que los ojos de los más importantes países de Europa se posaron en Chile y Depardon, como uno de los fotógrafos destacados de Gamma, decidió ser testigo de aquello. Y no solo eso, tenía la ilusión de fotografiar a quien reunía en esos años toda la atención del mundo: el presidente Salvador Allende.

Tener acceso a él no era fácil y al principio le fue imposible. Pero una casualidad cambió su suerte y a los pocos días volvió hasta La Moneda con una revista L´Express en las manos, en cuya portada aparecía el retrato de George Pompidou hecho por el mismo Depardon y que había encontrado por azar en un kiosko caminando por el centro de Santiago. Ese fue el salvoconducto definitivo para encontrarse con Allende.

En el intertanto, fue alentado a conocer las faenas mineras, una de las empresas emblemáticas de la Unidad Popular, con el cobre recientemente nacionalizado. Pero él optó por un viaje al sur de Chile, que terminaría siendo un viaje en el tiempo.

Sus orígenes campesinos le hicieron querer conocer algo del campo chileno. Estuvo en Parral, Temuco, Puerto Saavedra y otras localidades y fue testigo de la implementación de la reforma agraria de la mano del ministro Jacques Chonchol. Allí encontró a un Chile profundo. De trabajadores de la tierra. De niños sin zapatos y pies con barro. Y se dio cuenta que ese lugar no era muy diferente al lugar de donde venían sus abuelos. De niño recordaba ver a su abuelo trabajando con bueyes. Y aquí lo revivía en tiempo presente.

Este mes de mayo, como cada año, lo comenzamos inevitablemente reflexionando sobre el rol del trabajo en nuestras vidas, sobre los Mártires de Chicago y sobre la dignidad intrínseca de todos nosotros trabajadores. Dignidad que también revelaron los carretes de película de Depardon en ese sur distante en el tiempo y tan presente hoy, en un país que de nuevo clama por lo mismo.

El viaje de Depardon nos regaló un retrato de nosotros mismos en el que podemos reconocernos hoy y ver lo que fuimos. Donde algunas imágenes pueden parecernos  históricas, pero otras bien podrían haber sido hechas en el presente. El campo chileno, en cierto modo, sigue siendo como el campo del abuelo francés del fotógrafo. Nuestra diversidad de paisajes convive con la diversidad de niveles de desarrollo. Pero esta diversidad parece no ser solo nuestra, tal como podemos ver en los documentales Profils Paysans (2001/2005/2008) del mismo Depardon, donde ciertos lugares del campo francés también parecen detenidos en el tiempo, contrastando con la modernidad de la Francia desarrollada.

El trabajo fotográfico y cinematográfico de Raymond Depardon es vasto. Cuenta con cerca de cincuenta documentales y cuarenta y siete libros. En todos ellos aparece un viaje personal que vale la pena descubrir e investigar. Quizás sumergirse en su obra y encontrar espejos de lo propio y brisas de lo desconocido. Creo que para todo director de fotografía, la fotografía fija es una fuente generosa de inspiración y referentes. El estudio de la luz y de lo simbólico suele ser protagónico. Y lo que pretende ser dicho en una sola imagen debe ser contundente. Mejor aún si la fotografía fija se practica, porque así los creadores de imágenes en movimiento tenemos conciencia de que las imágenes que componemos significan algo cuadro a cuadro. Ese es el desafío. Ese es el peso de apretar el gatillo de la cámara. El valor de cada imagen es casi un valor ético/estético. Y en tiempos análogos o digitales esto debiera valer por igual.

Pienso que Raymond Depardon maneja bien el valor de la imagen tanto en su trabajo fotográfico como cinematográfico. Cada uno de esos medios expresivos, se vuelca y se nota en el otro. En Chile buscó lo humano y lo campesino, y reveló dignidad. Cuando volvió a lo urbano reveló alegría y orgullo, pero también pobreza. De esa que no siempre se quiere ver.

Finalmente, tuvo la oportunidad de fotografiar a Salvador Allende, sin saber que ese Chile y ese presidente dos años después no existirían más.

Fotograma de Journal de France (2012)